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La ideología frente a los valores y el sentido común.

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Cada vez que hay elecciones la población de aquellos países en los que la ideología todavía tiene un peso específico realmente relevante decide sobre aquellos elementos que les acercan a determinadas clases políticas frente a otros aspectos que en mi opinión deberían centrar la reflexión cuando acuden a las urnas.

Y es que en realidad, se debería evaluar la gestión frente a adscribirse a una ideología que no hace sino menoscabar la capacidad de elección de una opción realmente justa y eficiente que sea capaz de velar por los intereses de los ciudadanos en lugar de alimentar las necesidades de una clase política que vive alejada de las expectativas de la población.

Al igual que sucede en el ámbito de la empresa privada, la capacidad de gestión y la de cumplir con una serie de valores que contribuyan a mejorar a la sociedad debería ser el centro en nuestro proceso de toma de decisiones como ciudadanos. O acaso ¿Hay alguien que mantenga su puesto de trabajo simplemente porque encaja de con la forma de pensar de sus superiores? ¿Existe algún caso en el que no se cumpla con los objetivos pactados y no haya consecuencias por muy bien que te puedas llevar con tus jefes? En cambio ¿Por qué en política no se aplica el mismo principio? ¿Por qué incluso dejamos a la clase política traicionar la ideología que tanto promueven perdonando todos y cada uno de los actos que lleven a pensar que no son capaces de gestionar de un modo realmente eficiente?

Las ideologías tiñen de color de rosa incluso la realidad más cruda y esperpéntica. Son la mejor herramienta de marketing que tienen a su disposición los diferentes partidos políticos. En cambio, los valores ensalzan todo lo positivo que las personas son capaces de inspirar y promover. En muchas ocasiones se tiende a confundir ideologías con valores y son conceptos completamente diferentes sobre los que las personas debemos reflexionar para evitar ser manipuladas y guiadas hacia extremos que no llevan a ninguna parte.

Fijaos en la importancia que tienen los valores, pues deberían impedir que la clase política promulgara una serie de ideas y actuara de un modo totalmente contrario a sus propios planteamientos ideológicos. Y es que ¿Quién no está cansado de ver cómo la clase política ensalza una ideología concreta y después hacen todo lo contrario movidos, según ellos, por las circunstancias? Es demasiado común comprobar cómo prostituyen el mensaje ideológico en favor de intereses más alineados con sus propias expectativas que con las necesidades de la ciudadanía. Pero ahí es donde los valores deberían actuar y ayudar a la clase política a estar en sintonía con su propio discurso. Es por ello por lo que en mi opinión, los valores y la capacidad de gestión juegan un papel fundamental a la hora de analizar si la clase política ha obrado de acuerdo a nuestra forma de entender y enfocar los verdaderos retos a los que se enfrentan nuestra sociedad.

Las ideologías además empujan a las personas hacia los extremos mientras que una economía y una sociedad globalizadas tienden a centrar el discurso hacia modelos de convivencia marcados por la sostenibilidad y la gestión ecuánime de los recursos como base de un crecimiento compatible con las nuevas exigencias que establece la propia evolución. Pero ese viaje hacia el centro o hacia el equilibrio ideológico sólo tiene sentido si la propia sociedad establece las reglas del juego en virtud de unos parámetros que permitan juzgar si la gestión de los recursos se ha realizado de un modo responsable. Esos parámetros requieren de un conocimiento y un nivel cultural que debemos adquirir para evitar cualquier tipo de manipulación, de lo contrario, corremos el riesgo de permanecer anquilosados en discursos propios de una clase política que ni siquiera está a la altura del mensaje que promulga, un aleccionamiento basado en la presunción de que todos somos unos ignorantes y que por ese motivo cualquier planteamiento, por banal, arbitrario e incluso descabellado que parezca, se convertirá en un axioma gracias a que no se puede contrastar debido a nuestra falta de cultura y eso es algo que como individuos y como colectivo no debemos tolerar.

En definitiva, más allá de planteamientos ideológicos, lo que debemos hacer es establecer como criterios fundamentales aspectos como la capacidad de gestión de nuestros gobernantes o unos valores que nos ayudarán a determinar si merece la pena otorgar nuestra confianza a las diferentes opciones que tenemos a nuestra disposición. De lo contrario, si detectamos que nuestra clase política carece de valores y además no muestra signos de llevar una gestión eficiente de los recursos que tienen a su disposición, estaremos ante una situación ante la que resulta muy sencillo actuar ya que con no acudir a las urnas será más que suficiente para demostrar nuestra falta de conexión con ninguna fuerza política que aspira, supuestamente, a representar nuestros intereses. Si no votamos, les estaremos haciendo mucho daño ya que no habrá ninguna fuerza política que pueda legitimar la formación de un hipotético gobierno porque lo estarán haciendo sin el apoyo masivo de los ciudadanos.

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